Sermón – V Domingo de Cuaresma
Queridos hermanos y hermanas,
En este V Domingo de la Gran Cuaresma, la Iglesia nos pone delante una llamada profunda y exigente de Jesucristo: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga». Esta llamada no es fácil, pero es el camino de la verdadera vida, el camino que conduce a la libertad interior y a la comunión con Dios.
Pero, ¿qué significa realmente negarse a uno mismo? No significa perder nuestra identidad ni anular nuestra persona, sino renunciar al hombre viejo que hay en nosotros: al egoísmo, al orgullo, a las pasiones, a nuestra propia voluntad separada de Dios. La negación de sí mismo es, en realidad, el comienzo de una vida nueva, en la que Cristo se convierte en el centro de nuestra existencia.
La Iglesia nos ofrece hoy un ejemplo vivo y conmovedor: la vida de María Egipcíaca. Una mujer que vivió muchos años en el pecado, esclava de los placeres y de los deseos, pero que, al encontrarse con la gracia de Dios, eligió renunciar completamente a su vida anterior. No parcialmente, no de forma superficial, sino de manera radical.
Dejó todo atrás: su pasado, sus hábitos, su antigua identidad, y emprendió un camino de profunda penitencia en el desierto. A través de esta negación de sí misma, de la lucha, de las lágrimas y de la oración, llegó a tal pureza y cercanía con Dios, que su vida se convirtió en una vida de santidad, de verdadera semejanza con Dios.
Queridos hermanos, su ejemplo nos muestra que nadie está perdido, que no hay pecado que no pueda ser sanado mediante un arrepentimiento sincero. Pero también nos enseña algo más profundo: que no podemos seguir a Cristo sin renunciar a aquello que nos ata al pecado.
También nosotros estamos llamados a esta renuncia. Quizás no al desierto, pero sí a renunciar a nuestro ego, al deseo de tener siempre razón, a nuestros apegos desordenados, a nuestro modo antiguo de vivir. Estamos llamados a crucificar nuestra propia voluntad para dar espacio a la voluntad de Dios en nuestra vida.
Esta es la cruz de cada uno: la lucha diaria con nosotros mismos, la elección del bien en lugar de la comodidad, de la humildad en lugar del orgullo, del amor en lugar del juicio.
Seguir a Cristo no es solo una declaración, sino una transformación. Es un camino que recorremos cada día, a través de decisiones pequeñas y grandes, mediante el arrepentimiento, la oración y el deseo sincero de parecernos a Él.
En este tiempo de Cuaresma, preguntémonos: ¿de qué debo renunciar? ¿Qué hay en mí que me aleja de Dios? Y tengamos el valor de dejarlo atrás, confiando en que Dios nos dará la fuerza necesaria.
Miremos a María Egipcíaca no solo como una historia impresionante, sino como una prueba viva de que el cambio es posible, de que la santidad no es solo para unos pocos, sino la vocación de cada uno de nosotros.
Neguémonos a nosotros mismos, para encontrarnos verdaderamente en Cristo.
Amén.
